miércoles, 25 de julio de 2007

Adiós a Marcelino Arbesú

El mundo despidió ayer en Oviedo a un ciudadano ejemplar. Digo el mundo y no exagero, porque para Marcelino Arbesú Vallina, que era todo lo de aquí que se pudiera ser, ninguna buena causa le era ajena, por lejana que estuviese, siempre que convenciera a su bien formada inteligencia y apelara a su inagotable solidaridad. A lo largo de su vida de Demócrata con mayúsculas, progresista verdadero y ciudadano ejemplar se entregó a muchas, siempre sin equivocarse, aunque para ir en la dirección correcta hubiera que arrostrar riesgos e incomodidades.

Todas esas buenas causas las ennobleció con su participación, siempre desde ese segundo plano en el que el trabajo y responsabilidad quedan fuera de los focos. Hizo mucho y alardeó nada. Pero a Marcelino, como al Berceo de Machado, le salía afuera la luz del corazón y era imposible cruzarse con él y no advertirlo. Fue emocionante comprobar cómo se llenó ayer la gran iglesia que es San Isidoro para asistir en un día de verano al funeral de una persona que no tuvo un cargo público en su vida.

Pero, mucho más, escuchar a tanta gente y tan diversa que había muerto un hombre excepcionalmente bueno. Antonio Masip, su amigo del alma, proclamaba ayer en estas páginas que Marcelino Arbesú era la mejor persona que había conocido. Sin duda lo decía de corazón. Lo único que Marcelino no quiso compartir fue su propio sufrimiento. Su mujer, Marga Sancho, en la que encontró la compañera perfecta, al coincidir en su generoso ideal de vida, decía ayer que estaba segura de que, si por algo le dolía morirse, era por la pena que iba a causar a los suyos.

Por eso ocultó a todos, menos a ella, la enfermedad con la que luchó durante quince años. Su ejemplo de hombre bueno, de ciudadano ejemplar, de amigo discreto y cariñoso, le sobrevive. Queda mucho de quien tanto dio.

MELCHOR FERNANDEZ DIAZ

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